5/5/17

Encantadores de serpientes: el psicópata integrado en las relaciones de pareja

Encantadores de serpientes: el psicópata integrado en las relaciones de pareja

scribd.com.-CARMELO HERNÁNDEZ - VICTOR BOTELLA

La violencia de género sigue estando en la primera línea de la criminalidad cotidiana de forma permanente. No hay semana en la que no se abran telediarios y titulares de prensa con el asesinato de alguna mujer a manos de su pareja o expareja. Son los casos más graves y llamativos, esos que atraen la atención de los medios de comunicación. Sin embargo, soterradamente, tras esos titulares de la crónica más negra de la cotidianeidad, se esconden otros muchos casos, menos mediáticos, que constituyen e integran el grueso magro de esta grave problemática social.

A pesar y aparte de la ideación machista común, que todavía forma parte de la fotografía más corriente de la realidad de cada día en centenares de miles de espacios comunes de interacción entre hombres y mujeres, prevenir esta terrible lacra sigue resultando un proceso especialmente complejo debido a la multitud de factores que conforman el retrato robot del agresor de género, en el marco de una sociedad que todavía sigue tolerando actitudes y posiciones no igualitarias entre hombres y mujeres de forma muy determinante, y que precisamente por la plasticidad y camuflaje de esa estructura atávica, dificultan y atenúan la visibilidad clara y diáfana de un problema troncal en la conformación de la democracia real de nuestra sociedad presente y futura

 Se sigue “disculpando” a los agresores de género diciendo que “tienen este y aquel otro problema” y muchas veces tirando mano del diagnóstico fo
rense. Cada vez hay más diagnósticos con la etiqueta “trastorno de personalidad”, lo que no deja de ser una forma de afirmar que hay una especie de grupo mayoritario de agresores “normales”, contrapuesto a aquel otro de “agresores con trastornos de la personalidad”.

En referencia a estos últimos, cabe decir que no todos los trastornos de la personalidad pueden relacionarse de manera directa con el ejercicio de la violencia, pero que si hay uno que es proclive en mayor medida es el conocido como psicopatía.

Durante más de una centuria, la comunidad científica ha dedicado muchos esfuerzos en definir el concepto de psicopatía. Un largo y tortuoso camino de “dimes y diretes” que encontró una meta, al menos provisional, en el año 1991, cuando quedó establecido por el psicólogo criminalista norteamericano Robert Hare el concepto de psicopatía más ampliamente aceptada.

Hasta entonces, desde Pinel, quien definió la psicopatía como “manía sin delirio”, hasta llegar a Cleckley, que fue el primero en afirmar aquello de que “ni son todos los que están las cárceles, ni están todos los que son en los psiquiátricos”, la ciencia de la Criminología ha recorrido un largo camino que, en realidad, no ha hecho más que empezar.

Lejos del ámbito científico, cuando alguien pronuncia la palabra “psicópata”, suscita en el imaginario común un estereotipo que ya no es uno y único (la imagen de un despiadado asesino que tantas veces queda reflejado en películas y series de televisión), sino que en estos momentos, podemos afirmar que hay muchos psicópatas que no desarrollan una carrera delictiva o criminal en el sentido clásico, sino que han sabido integrarse en la zona de camuflaje de la gausiana campana de la normalidad, dando así a un emergente grupo de psicópatas socialmente integrados, diferenciándose netamente de los psicópatas criminales (serial killers, terroristas…) por su plasticidad para pasar desapercibidos dejando un reguero de muertos en vida a lo largo de sus vidas. Tres características les hacen especialmente temibles: su falta de empatía, su crueldad y su ausencia de remordimientos y sentimiento de culpa. En eso son idénticos a los psicópatas criminales, pero estos no son violentos de forma expresa, sino soterrada, mucha más violencia psicológica que física, mucha más manipulación intencional de las víctimas, sin levantar demasiadas sospechas. En suma: unos camaleones del enmascaramiento.

Es precisamente en el ámbito de las relaciones de pareja, donde hemos de visibilizar la presencia subclínica de estos psicópatas integrados. Querrán pasar desapercibidos mostrándose encantadores y modernos, para alcanzar sin demasiado esfuerzo el mismo objetivo de siempre: hacer de sus parejas unas bonitas marionetas en la cuerda. Incapaces de proporcionar una relación íntima basada en el amor, respeto, compromiso y fidelidad, la centrarán en la mentira, la manipulación y el control psicológico.

El psicópata integrado, en las relaciones de pareja, será incapaz de sentir las emociones básicas que conforman el espacio común de la interacción positiva entre hombres y mujeres, pero será capaz de representarlas y teatralizarlas en el día a día para confundir a la víctima en un juego macabro de máscaras y engaños. Son grandes actores, no lo olviden. El problema es que la sociedad muchas veces les sigue dando algún Oscar que otro.
 

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