12/10/17

¿Soy un perverso narcisista? [12-10-17]

¿Soy un perverso narcisista?
¿Soy un perverso narcisista?


  • Un libro revela el mundo de las personas nocivas y destructoras de otras y da claves a sus víctimas para escapar de su cerco
  • Entrevista a Jean-Charles Bouchoux: "Marine Le Pen es una perversa narcisista"
Son seres muy muy dañinos, capaces de devastar por completo a sus víctimas, de arrastrarlas a un infierno de dolor y sufrimiento, de machacarlas por completo, de empujarlas incluso a cometer suicidio. De cara a la galería suelen dar buena imagen, pero con sus presas resultan absolutamente demoledores, tan nocivos que en algunos casos pueden llegar a ser letales. Rara vez utilizan la violencia física, pero son expertos en manipular el lenguaje, en darle la vuelta a las palabras, en herir con una simple frase.
Están en todos lados: en la oficina, en el puesto de trabajo, en los colegios, en el hogar... Son esos jefes que se ensañan con algunos de sus empleados, esos padres que acribillan a sus propios hijos, esos profesores que tienen en un puño a este o aquel alumno, esas personas en apariencia encantadoras y que, sin embargo, destrozan la vida de sus compañeros sentimentales. La psiquiatría tiene un nombre para ese tipo de individuos: son los perversos narcisistas.

Fue el psicoanalista francés Paul-Claude Racamier quien en la década de 1950 acuñó el término y el concepto «perverso narcisista». Lo definió como alguien con la necesidad, la capacidad y el placer de protegerse de sus propios conflictos internos con el peculiar método de machacar a otra persona. Y ahora ha sido otro psicoanalista francés, Jean-Charles Bouchoux, quien ha popularizado el término, de la mano de un ensayo titulado precisamente así, Los perversos narcisistas, que ha arrasado en Francia, donde lleva más de 200.000 ejemplares vendidos. El libro, que no sólo destapa quiénes son los perversos narcisistas con ejemplos reales, sino que también revela cómo actúan y cómo deshacerse de ellos, ha visto recientemente la luz en España de la mano de la editorial Arpa.

Para empezar, conviene saber que el perverso narcisista es alguien que utiliza el vínculo familiar, profesional, académico o amoroso para someter al otro. Porque para poder triturar a alguien es necesario que exista un vínculo fuerte. El perverso narcisista necesita proximidad con su víctima para poder actuar, y por eso mismo hará de todo para impedir que ésta se aleje de él.

Son personas frías, que no conocen la culpabilidad y que no dudan en señalar a los demás como responsables de todas sus desgracias. «Hace cargar a los demás con lo que debería ser su rabia, su miedo, su culpabilidad. O, dicho de otro modo, con su locura», en palabras de Bouchoux.

El perverso narcisista es alguien que no soporta sus propios conflictos internos y se los endosa a otro. De hecho, la palabra perversión proviene del latín per vertare, un término que significa invertir, cambiar el sentido. Y eso es precisamente lo que hacen los perversos narcisistas: expulsar sus conflictos internos endosándoselos a su víctima y haciendo cargar a ésta con su culpabilidad.

Su comportamiento cambia en función de las personas que les rodean y del contexto en el que se encuentren. En sociedad despliegan sus encantos y suelen parecer amables, cuando no directamente adorables. Son capaces de fingir compasión y de caer simpáticos. Son seductores y, si es necesario, pueden mostrarse sumamente serviciales, sobre todo, si con eso esperan lograr algo a cambio. Pueden ser tipos de apariencia tranquila, porque de hecho están tranquilos: tienen una víctima sobre la que descargar toda su rabia y resentimiento.

Pero, con su presa, toda esa amabilidad se evapora y se transforma en resentimiento. No tienen nunca en cuenta sus sentimientos ni necesidades, salvo para utilizarlos con el objetivo de manipularla y conseguir machacarla. Someten a su víctima y la empujan a la depresión, la violencia, la perversión, la locura, la enfermedad y, en los casos más extremos, a la muerte por suicidio o accidente.

Ellos, sin embargo, no suelen echar mano de la violencia física salvo en casos extremos, porque eso les dejaría claramente ante los demás como los malos de la película. Son mucho más sutiles. Racamier ya aseguraba que «el campo predilecto, el instrumento maestro de la perversión narcisista, es la palabra». También la psicoanalista francesa Simone Korff-Sausse asegura que «el lenguaje es el verdadero arma» de los perversos narcisistas. «Se sirven de él para someter a su víctima», sostiene. Y lo mismo opina el también psiquiatra y también francés, Alain Ksensée: «Se conformará con las palabras para destruir a su víctima».

Los perversos narcisistas son expertos en utilizar los dobles sentidos, en manipular conceptos y en darle dialécticamente la vuelta a la tortilla. Porque no sólo consiguen desorientar y machacar a su víctima, sino que logran incluso que ésta aparezca como responsable de lo que le sucede. Y el agresor, mientras tanto, conserva su apariencia de persona de bien y se hace pasar por víctima. «La violencia verbal puede ser tan peligrosa como la física o más. A través de la palabra se puede condicionar a una persona al suicidio», advierte Bouchoux.

Entre los varios ejemplos de casos reales que Bouchoux cita en su libro, hay uno muy revelador del uso manipulador que los perversos narcisistas hacen de la palabra. O las perversas narcisistas, porque en este caso se trata de Andrea, una mujer. Un día, ésta le suelta a su novio que su historia de amor ha terminado: «Mírame a los ojos, lo nuestro ha terminado». Pero al día siguiente le llama y, aunque ha sido ella la que lo ha plantado, le acusa de no amarla lo suficiente. «¿Por qué te fuiste? Deberías haber luchado. Si no lo has hecho, entonces no mereces la pena».

Es un ejemplo de manual de lo que son las técnicas del perverso narcisista. Aunque ha sido Andrea la que ha dejado a su pareja, gracias a su manipulación dialéctica ha traspasado la culpa a su novio, lo que le permite a ella presentarse como víctima.

La comunicación paradójica es otra de las armas favoritas de los perfectos narcisistas. Es una técnica que le permite desorientar al otro, enredarlo en un laberinto de informaciones contradictorias e impedir de ese modo que pueda tomar distancia, pensar y reaccionar de forma sana. Los típicos: «Te quiero, pero no te soporto», «Quiero dejarte, pero no puedo vivir sin ti», etcétera, etcétera.

En realidad, todos echamos mano en alguna que otra ocasión de la comunicación paradójica. Pero un perverso narcisista la emplea como arma recurrente para desvalorizar y debilitar a su víctima, que en un momento dado ya no sabe dónde está la realidad y dónde la mentira. La presa del perverso narcisista se muestra confundida mientras que su agresor sabe muy bien dónde se encuentra y cómo se encuentra: omnipotente. Además, los perversos narcisistas suelen elegir como víctimas a personas con falta de confianza o baja autoestima, bien por circunstancias de su infancia o porque se encuentran en una situación de especial tensión e incertidumbre, como, por ejemplo, tener un nuevo empleo.

¿Qué hacer ante uno de ellos? Bouchoux es rotundo: poner distancia de inmediato, sin darse más plazo. Sólo así, saliendo de la órbita que le impone a su víctima el perverso narcisista, ésta se dará cuenta de la locura de aquel.

El problema es que el agresor lo sabe, así que hará todo lo posible para que su presa no pueda alejarse y analizar la situación con racionalidad. Por eso, trata de impedir que la víctima frecuente a personas que podrían hacerle ver el aspecto anormal de su relación.

Precisamente por eso, Bouchoux señala que es muy importante que la víctima se ponga en manos de una persona neutral y cordial, quien no dudará en ayudarle a ver la realidad tal como es y en nombrar al perverso como tal. Porque la comunicación paradójica, las agresiones violentas, la desvalorización del otro seguida de la seducción, suman a la víctima en un estado tal de confusión que provoca que no sea capaz de ver la realidad por sí sola. De hecho, es tal el daño que hacen los perversos narcisistas que quienes consiguen librarse de sus garras presentan con frecuencia síntomas de estrés post traumático semejantes a los que muestran quienes han pasado por una guerra o una catástrofe.

Pero no es fácil alejarse de un perverso narcisista. Para un niño, por ejemplo, es más fácil separarse de unos padres suficientemente buenos que de unos padres que no lo han sido. Y para los adultos resulta más sencillo pasar por la ruptura de alguien de quien se tiene una buena imagen que de la de alguien que no.

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